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NEFELIBATA

11 feb 2016
2 min de lectura

Caí lentamente hacia arriba. Tras de tocar el techo con las manos, giré y me puse de pie sobre el. No tuve la molesta sensación de la subida de sangre a la cabeza, era como si la gravedad se hubiera invertido. Todo resultaba extraño desde esa perspectiva. Tenía que andar sorteando las lámparas del techo, los muretes superiores de las puertas, el incómodo ventilador del dormitorio que ocupaba gran parte de la estancia. Podía tocar la mesa del comedor, incluso cogí sin dificultad el vaso de agua que había encima. Probé a bebérmelo, pero se derramó al darle la vuelta. La extraña gravedad solo me afectaba a mí.

Decidí explorar el piso superior. Tenía la escalera sobre mi cabeza y tuve que saltar casi dos metros para llegar al techo de la planta de arriba. Tras inspeccionar los dormitorios abrí la puerta de la terraza, me asomé y vi el cielo bajo mis pies. Tuve una leve sensación de vértigo, pero también una gran atracción al vacío. ¿Caería hacia el cielo si salía de la casa o por el contrario se normalizaría todo? Decidí comprobarlo, al fin y al cabo solo era un sueño. Salté al vacio. Al principio la caída fue rápida, pero lentamente perdí velocidad. Vi alejarse mi casa, mi calle, mi barrio, mi ciudad, hasta que traspasé una nube, un cumulonimbo algodonoso y húmedo. Después de atravesarlo, volvió la gravedad a su rutina y caí sobre su parte de arriba. Pude andar sin problemas sobre su extensa superficie, explorar sus recovecos, saltar sobre sus blandos montículos sin temor a hacerme daño. Al fin llegué al borde y al asomarme, tuve una terrible sensación de vértigo. Decidí quedarme. Aquí estoy desde entonces.

 
 
 

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