LA SILLA MONTADA
De niño me sentaba al revés en la vieja silla de enea de mi abuela y me imaginaba subido en un hermoso caballito. Ahora, ya de mayor, revivo en mis sueños la experiencia. Me vuelvo a sentar al revés en la misma silla y desde mi salón la hago ir al paso. Mi familia, atenta siempre a mis disparates, va abriéndome las puertas para que no tenga que desensillar.

Una vez en la calle, la pongo al trote. Obedece la silla mansamente. Me animo y golpeo los talones en los travesaños. Voy a galope corto. Resuenan sus patitas de madera en el asfalto. De pronto, se me ocurre: ¿por qué no ir a la Feria? Decidido. Me pongo en camino. Paso veloz por la estación de bomberos. Saludo orgulloso con la mano a un amigo al pasar y pronto llego a la entrada principal. Me pongo en la cola, detrás de un jinete vestido de corto en un alazán árabe que, a su vez, va detrás de un faetón con enganche a la cuarta repleto de bellezas. Llega mi turno y el guardia mira mis pantuflas de andar por casa, mi pijama a rayas y mi silla de enea. Dice: - ¿Adónde te crees que vas? - A la feria, ¿Dónde si no? -le contesto. - ¿Tú no sabes que solo admitimos sillas de caoba o de palo santo, desgraciado?







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